Contemplaba el bebé embelesado. No se atrevía ni a respirar para así congelar mejor ese momento en su memoria, en su corazón, en su cuerpo... Guardar todas las sensaciones, imágenes y pensamientos que despertaba. Observaba cada detalle de su piel blanca y fina. Una piel que, sin haberla tocado, se adivinaba suave, demasiado sensible y sin ninguna protección. Tenía unas piernas muy delgadas que quedaban dobladas como un renacuajo creando unos dulces y atractivos pliegues, unos surcos llenos de frescor. Le fascinaba el perfecto dibujo de sus ojos almendrados, sus largas pestañas siendo todo él tan pequeño y sin aún haber visto nunca la luz del sol. Gesticulaba con la boca poniendo los labios en forma de beso mientras dormía plácidamente en la cuna del hospital. Se moría de ganas de acariciar esos piececillos, tan perfectos. Ahora parecía imposible pensar que irían deformándose con el paso del tiempo y el peso de andar por la vida: juanetes, duricias, callos... Ahora en cambio las uñas...
Precisamente hoy estaba leyendo un libro con un párrafo en el que el autor dice que gracias a la meditación descubrió que cuando detenía la atención sobre alguno de los pensamientos que le surgían durante la "sentada", aquellos se desvanecían. Y que ello fue definitivo para dejar de poner la confianza para gobernar la vida en algo tan volátil.
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